(ellos nunca entenderán por que nosotras almacenamos en casa pedazos del mundo...)

Una mujer que viaja –lejos o cerca es lo mismo, Tandil o la isla Mauricio- nunca vuelve a casa con las manos vacías. Decir que somos compradoras compulsivas es una simplificación grosera. Somos buceadoras – recolectoras, cartoneras exquisitas. El nuestro es un delicado, finísimo ejercicio de acopio de tesoros, básicamente emotivo, jamas arbitrario, que obedece a estados de admiración, de estupor, de gratitud hacia el sitio que nos alberga y su gente y su misterio, a intereses antropológicos, culturales, topográficos, culinarios. Es el reconocimiento a la belleza que hasta ese momento desconocíamos, al genio del lugar. En suma: no es un vicio, es un talento.
De hecho no siempre se trata de compras, y menos caras. A veces son piedras de la montaña, cascaras de erizos, agua del río, arena, caracoles, fósiles, flores secas, semillas y gajos, restos de naufragios, modestos fragmentos esparcidos sobre la corteza terrestre que, simplemente, nos estaban esperando. Trofeos incruentos, pero no cualquier trofeo: pepitas de oro en el colador de un minero. “objets – trouves” que desalojamos de su contexto para convertirlos en piezas de arte por el gesto gratuito del artista. Y colores, perfumes, sonidos... lo que no podemos traer lo comemos, que es la forma mas perfecta de apropiación.
La mayoría va a parar a los estantes, otros al alma nomás. Mi impresión es que siempre se deja algo a cambio, algo impalpable, del mismo valor.
Los objetos mas codiciados –obviemos la ropita- se pueden agrupar en un puñado de rubros elementales: a) grandes (alfombra, talla de madera de un jaguar de tamaño natural); b) frágiles (cristalería); c) pesados (caldero de fundición, friso, salamandra, adoquín, muchos azulejos): d) incómodos ( rollo de empapelar, cesto de mimbre, regadera, charango); e) raros (ahuecador de papas, adminículo de sifón para trasvasar líquidos, zapatos para caminar sobre arrecifes coralinos); f) cochambrosos (exprimidor de carne, juguete de lata, cofia), y no muchos mas. Los cuatro primeros, se sabe, son directamente proporcionales a la distancia por recorrer y el numero de transbordos.
El acarreo es, si, un capitulo conflictivo, sobre todo para el acompañante varón, empeñado en resistirse y disuadir, mas proclive a comprar un repuesto para un electrodoméstico que una bacinilla esmaltada (¿que pensas hacer con eso?). nunca entenderán por que caemos en éxtasis ante los mercados de pulgas y las verdulerías. Como si fuera poco trabajo seleccionar las piezas y asignarles un sentido trascendente –además de una ubicación en la valija- estamos condenadas a negociar con intolerantes (“que no pase de 20 kg. ni este embalsamado, amor mío”). Los empleados de aduana y de micros de larga distancia son mucho mas comprensivos. Una vez almacenados en casa, los objetos proporcionan una preciosa ubicuidad: por ellos estamos acá y allá al mismo tiempo ¿quien podría censurar tan genuina practica de globalización? Desplazar cosas de un lugar al otro, anular las fronteras. Fetichismo no s. Las mujeres tenemos un interés oceánico por lo distinto, o mas bien por averiguar como encaja lo distinto con el universo cotidiano: el samovar junto a la tetera. Y también por implantar cierto tipo de caos equilibrante: hay que ver como se tranquiliza una procesadora cuando descansa al lado de un mortero. De modo que el único inconveniente, lo único que se nos puede reprochar es la cuestión, nunca resuelta, del transporte. Pero muchas veces los hombres caen en alarmas infundadas, se vuelven aprensivos hasta el ridículo. E injustos:
Lisboa, plaza marques de Pombal. Es la hora venturosa del atardecer. Ella mira arrobada el monumento al noble prócer, no porque el monumento sea muy hermoso, sino porque de tan grande la obliga a mirar al cielo. El la toma con delicadeza por el codo y la aparta de la contemplación: _”eso no, que esta pegado”.